Cuando Martin Kronlund cartografió la Casa de Campo de Madrid allá por el año 68, no podía pensar que iba a ser el protagonista de una historia. Quizá su empeño estaba lleno de la modestia y sencillez que transmitía con su ágil apretón de manos y sus comentarios pausados. No pretendía, creo yo, grandes y rápidos logros ni protagonismos efímeros.
Martin vino a enseñarnos y se quedó con nosotros trabajando con la firmeza y determinación de un deportista y un profesor. Sin esperar mucho a cambio.
Y Martin seguirá con nosotros, quizá en algún lugar de Peguerinos, y nos acompañará allá donde llegue la pasión de sus alumnos.
No puede haber mayor motivo de orgullo.
lunes, 3 de marzo de 2008
Un lugar entre las montañas
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